viernes, 29 de junio de 2012

¿Ver para creer ó Creer para ver?   Estamos acostumbrados y condicionados desde temprana edad, a responder y a darle solo importancia a los estímulos o situaciones externas, que captamos a través de nuestros cinco sentidos físicos. Esto hace muy difícil, y en muchos casos imposible, que podamos intuir respuestas a interrogantes o situaciones que se nos presentan en nuestro diario vivir, así como el poder entrar en contacto o percibir otras realidades que coexisten a nuestro alrededor en otros planos o dimensiones. Tal condicionamiento hace o establece a su vez que nuestro lema de vida sea: ¡Ver para creer! Eso determina entonces, que lo que no podamos percibir principalmente a través del sentido de la vista, que es el que nos permite captar más directamente la aparente realidad externa, o en su defecto alguno de los otros sentidos, no lo consideramos real, ni le otorgamos la más mínima posibilidad de que suceda o exista. Igualmente esto hace que desvaloremos, enjuiciemos, critiquemos e ignoremos lo que otros hermanos más sensibles a nuestro alrededor, o en algún otro lugar del planeta, puedan estar percibiendo, y tal vez intentando desesperadamente en algunos casos, compartirnos, mostrarnos o transmitirnos, sean estos situaciones, mensajes o apariciones importantes que ocurren en otras realidades muy cercanas a este plano físico-material de tres dimensiones, pero que no pueden ser percibidas por la mayoría que depende solo de sus cinco sentidos físicos, pues tienen bloqueados, tapiados o reprimidos por el mismo condicionamiento que hablábamos antes, otros sentidos más sutiles que son los que permiten captar esas otras realidades. Debido a todo esto, la única herramienta o medio disponible que existe y que tenemos disponible la mayoría, para poder entrar en contacto con ciertas realidades sublimes y de gran valor espiritual y esencial, es la Fe, pues ella nos permite creer y confiar en manifestaciones, mensajes, visiones o apariciones que otros perciben, captan o reciben, pero que nosotros no podemos hacerlo por nuestras propias limitaciones, pero que no por ello dejan de ser ciertas, importantes, trascendentes y hasta milagrosas en algunos casos. En otras palabras, tenemos que cambiar el concepto arraigado y enconchado de “ver para creer” que determina nuestro modo de vivenciar los hechos y situaciones que se nos presentan en nuestro día a día, y convertirlo en un modo más elevado, actualizado y certero que nos permita conectarnos con realidades internas profundas a través de la Fe principalmente, la confianza, la esperanza y el sentir, es decir: ¡Creer para ver! Solo desde ese espacio abierto de nuestra consciencia, le podremos dar el valor y el crédito, y hasta tendremos la posibilidad de contactar, y sentir a plenitud el éxtasis, la alegría y el amor que se siente al entrar en contacto con ciertas entidades o manifestaciones divinas. Y fue esta una de las maravillosas enseñanzas que el maestro y Cristo Jesús nos entregó hace más de 2.000 años, cuando luego de resucitar, varios de sus apóstoles y seguidores no lo creían hasta que lo vieron, y principalmente su discípulo Tomás, quien a pesar de que todos los demás ya lo habían visto y compartido con él,  sostenía: “Hasta que no vea las marcas de los clavos en sus manos y pies, la herida de su costado, y hable con él como lo hacía antes, no creeré que ha resucitado de la muerte” Y fue así que cuando Jesús se le aparece le dice: “Amigo, no sabías que había resucitado de la muerte, ha llegado la hora de que lo sepas. Acércate y mira las marcas de los clavos en mis manos y pies, la herida de mi costado, y habla conmigo como frecuentemente solías hacerlo. Y Tomás se acercó y vio, y entonces exclamó: ¡Señor y maestro mío! ahora ya creo, pues ahora si sé que has resucitado de entre los muertos. Y Jesús dijo: “Porque me has visto has creído, y benditos son tus ojos, pero tres veces benditos son aquellos que no me han visto y sin embargo creen”. Y luego de esto Jesús desapareció. No permitamos entonces que haya sido en vano su vida, sus enseñanzas, su muerte y resurrección, y aprovechemos las dádivas, la gracia y gloria que nos envía nuestro creador a través de sus múltiples mensajeros que nos han acompañado a lo largo de miles de años, y que actualmente nos siguen acompañando, independientemente de que podamos o no percibirlos. Y a propósito de todo esto, a lo largo de muchos siglos han ocurrido diferentes manifestaciones y apariciones de la Virgen o Madre Divina, en infinidad de lugares del planeta, en diferentes circunstancias y a muchas personas de diferentes estratos sociales, razas, credos y oficios. Y ha sido siempre la fe el hilo conductor que ha permitido que esas manifestaciones que percibieron unos pocos, hayan cobrado valor y fervor por lo Divino y Milagroso en muchos seguidores, a pesar de no ser visible para la mayoría. Y es eso lo que está ocurriendo actualmente en diferentes latitudes del planeta, pues nuestra Madre Divina ha estado incrementando paulatinamente desde hace algunos años sus manifestaciones o apariciones, para elevar nuestra fe, devoción, amor y fraternidad, en pro de la unión de todas las razas y credos humanos, para romper las murallas que nos separan de nuestros hermanos y que no nos dejan ver a nuestro verdadero ser esencial que está intrínseco en cada uno de nuestros corazones, en cada una de nuestras almas.   Es ahí donde radica la importancia de sus actuales apariciones, de su presencia, de su cercanía y de sus mensajes en estos tiempos de dificultades y de transición planetaria, pues somos los seres humanos, los que con nuestro libre albedrío y a través de la unión y de la oración sincera, los que podremos colaborar con los cambios en el consciente colectivo, para que esa transición sea más soportable y llevadera, y para que la Nueva Tierra que surja después de todo este proceso de purificación y de cambios que están ocurriendo actualmente y que vendrán con más fuerza, sea un planeta pleno de luz, de paz, de alegría, de unión sincera, y de fraternidad entre todos sus habitantes y reinos. ¡Paz y bien para todas las almas y reinos de este maravilloso planeta! En unión, amor y luz, Jomar